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20 de octubre de 2011

La invitación de un "Príncipe de Asturias"

No voy a comentar nada sobre la muerte de Gadafi ni sobre el fin de ETA, pero voy a hablar de actualidad. No voy a escribir sobre Andalucía, ni sobre los gitanos, ni sobre la Guerra Civil, pero voy a hablar de Federico García Lorca. No voy ha pensar en rimas, ni en pareados o sonetos, pensare mas bien en música, voy a hablar de poesía. No voy a sentenciar sobre el judaísmo, ni siquiera sobre cine,  pero voy a hablar de un Cohen.

            Año tras año sigo los Premios Príncipe de Asturias con más con menos cercanía. Muchas veces implicado en la ambientación musical y cultural. Y recientemente, los últimos años con Avante Cuideiru siendo testigo, y casi protagonista, cada año, de primera mano del acontecimiento cultural más importante de Uviéu y de toda España.


            Reconozco que este año estuve tentado en perdérmelos. Pero una noticia, como suele ser habitual, me hizo cambiar de opinión. El diario El Mundo titulaba en la home de su edición web, Leonard Cohen se quita el sombrero ante los gaiteros asturianos.

            Quizá un titular demasiado pretencioso. Pero no había sido un periódico, ni mucho menos, asturiano. Me hizo pensar. Una de las cosas por las que quiero ser periodista, y así se lo escribí a Concha Edo en mi primera clase de Teoría y Práctica del Periodismo, es porque me encanta estar en el centro de la noticia (estar, no ser), conocer de primera mano y mostrarlo así a quien quiera escucharme o leerme.

            De momento, sólo me leéis vosotros (os tuteo porque ya sois como de la familia). ¡Y vaya un sólo! Soy de los blogueros con menos lectores más orgulloso de sus seguidores. Y no os iba a privar de la crónica de los Premios Príncipe de este año. La visión de un gaitero. La única, o de las pocas primicias que podéis encontrar en este blog. Siendo la de la útima edición de las diez entradas más leídas, un año más tarde.

            Vosotros y Leonard Cohen me habéis convencido. Y aquí estoy, peleándome con el portátil y las fuerzas cinéticas de cada una de las curvas de la carretera que cruza los montes que separan el paraíso de la realidad. Es muy complicado escribir en un Automóviles Luarca S.A:

            Quiero esforzarme en este artículo con lo poco que se del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de este año. No es que el resto no me interesen, pero Cohen fue el que me llamó a su llegada al Reconquista. Quiero esforzarme para que en pocas líneas comprendáis los sentimientos que me mueven a volver a casa.
            Si su conocimiento sobre España se centraba en su pasión desmedida por la obra de Federico García Lorca y el flamenco, sin duda el autor del tan versionado Hallelujah, enriquecerá ese sentimiento, como tantos premiados antes, con su visita a Asturies. No espero que se enamore de ella como Woddy Allen, pero la estancia en esta tierra marca un antes y un después en la vida y carrera de tantos artistas, humanistas y comunicadores.

             A las nueve y media de esta mañana corría por los pasillos de la madrileña estación de metro de la Avenida de América y de pronto se me puso la piel de gallina. Un hombre de esos que se ganan la vida con una guitarra, un amplificador, un micro, su voz y la caridad de la gente cantaba I'm your man. Sabía que hacía bien en venir, era la segunda señal, no podía ser casualidad.

            Voy a confesarme una vez más. No sé de música. O no se tanto como me gustaría saber. Prácticamente nunca había escuchado a Leonard Cohen. Cierta versión de alguna de sus canciones y poco más. Así que decidí a conocer a quien me había llamado y me puse una canción suya en Internet. Desde el primer acorde de aquel tema me dí cuenta que la música de aquel que había llamado a su hija como el Poeta en Nueva York me había gustado desde siempre.

              Escribo estas última líneas entrando en mi casa. Uviéu la capital mundial de la cultura, el arte, la ciencia, el deporte, la concordia, etc. Donde se entregan los Premios Príncipe de Asturias, unos premios que entregan los periodistas. Que son los profesionales más universales. O así debería de ser.

              Mañana a las diez estaré con mi gaita en la puerta del hotel Reconquista un año más. Y esta vez puedo decir, que en cierta manera, invitado por un premiado.

23 de agosto de 2011

La juventud, en una sonrisa. La humanidad, en un corazón.

Es dificil comprender que la entrega, el sufrimiento, el aguantar horas y horas de calor brutal de hasta 40 grados, el dolor de ampollas de hasta 5 cm, la fatiga permanente, la paciencia, la falta de aseo, el dormir poco, mal, sobre mojado y con otros 2 millones de personas; sea una combinación cuyo resultado pueda ser la felicidad más pletórica y la emoción más grande.
Dentro de unos años, orgulloso y sonriente, diré que elegí vivir la JMJ Madrid 2011 enfundado en un polo verde que acumulaba sudor e indicaba a los millones de personas que me rodeaban que estaba allí para servirles.
Dicen que el mejor balance de la JMJ no es el económico, sino la inmesa cantidad de vocaciones y de conversiones. Éstas no son sólo de no creyentes o de gentes de otras religiones. Las conversiones más frecuentes y los milagros de hoy en día son esos pequeños vuelcos que da cada corazón. En mi caso, no fue pequeño.
Me he dado cuenta y, gracias a Dios, tantos como yo, que los términos entrega, amor y felicidad pueden tener el mismo significado que sufrimiento. Todo depende del punto de vista del que lo mires. Pero sin masoquismos de ningún tipo.
Yo sufrí, lo pasé mal. Estuve horas bajo el ardiente sol, comiendo polvo, con el estomago en revolución armada, agotado y físicamente sólo. Pero era felíz y soy felíz. Las lágrimas nunca fueron de dolor ni de amargura: las lágrimas son de emoción, de alegría. De dárse uno cuenta de que todo lo mal que lo puede estar pasando se transforma en toneladas y toneladas de felicidad y alegría. Y de saber que estás formando parte de algo muy grande, de algo que crea y creará un bien increible.
Es muy dificil hacer una crónica de algo tan grande e importante. Y más de una crónica sentimental y emocional, como pretende ser ésta, ya tendré tiempo para las anécdotas. Porque hicímos botar al alcalde de Madrid, a los Obispos del Mundo, a la masa en Cibeles. Pero lo más importante es que todos esos cuerpos botaban junto a sus corazones.
Corazones y sonrisas. Sonrisa más importante, la de un hombre. Un anciano que, como un niño, como un joven más,sonreia felíz. Esa sonrisa, representaba la inmesa alegría de nuestros corazones. Una sorisa y una mirada de felicidad inmensa de aquél que lleva en sus oraciones y en su amor a la humanidad entera. Y esa sonrisa y esa mirada llena de amor es una terapia de choque para cualquiera.
La mirada de Benedicto XVI, se cruzó con la mía, como con la de tantos. Y ahí pude ver el amor y la felicidad un hombre orgulloso de sus hijos, orgulloso de que todos los jóvenes que amamos a Cristo, nos juntásemos, físicamente o con el corazón. Pero la noche de Cuantro Vientos, supe que toda esa agua que cayó era Dios que lloraba de alegría. Eran las fuerzas de la naturaleza que también quería formar parte de la fiesta más importante, la fiesta de la fé y del amor.
Más de dos millones de corazones, juntos, en un sólo latido. Superando las tormentas de fuera y de dentro de cada uno, etregándose al mismo sentimiento de dicha, el amor. Es una de las sensaciones más profundas y grandes que un hombre o una mujer pueden sentir en su corazón a lo largo de la historia.
Gritar vivas, sin voz y con las cuerdas rotas, a un hombre tan mayor que resistía por todos, sintiendo en su corazón toda nuestra fuerza, fue una de las cosas que con más orgullo pude hacer en mi vida. Y allí, a su lado, al lado de tantos amigos y hermanos, supe lo que era felicidad y lo importante que Dios, escondido detrás de tantas dichas pequeñas y grandes, es en mi vida.

30 de diciembre de 2010

ANTE EL UMBRAL DEL TIEMPO

            No se movía. Parecía que lo tenía muy claro minutos antes, pero ahora en el momento previo, era incapaz de moverse. No sabía de donde habían salido esos miedos. No sabía si eran racionales. Solo sabia que habían aparecido al parase a pensarlo.
Ya estaba allí, apunto de subir ese peldaño, su pie rozaba el escalón. Ya está, todo esta hecho, todo ha pasado. Mal o bien, no importa ya. Lo pasado, pasado esta. Tenia que pasar de nivel, pasar de pantalla, a la siguiente plataforma, un capítulo más. Sólo tenía que pasar la página y lo conseguiría.
Aunque no quisiera, sabía que tarde o temprano su pie acabaría tocado el suelo, que avanzaría ese espacio. Porque no era cuestión de espacio, ni de altura, sino de tiempo. Ese que pasa, que alguien decidió medirlo en segundos, minutos, horas, días, meses y años; en un extraño sistema, pero que resultaba muy fácil: 60, 60, 24, 30, 12…
Pero aquel no era un minuto más, no era el último segundo de un día cualquiera. Sabia que después de ese iba a ir otro, y luego otro y así días, semanas y meses. Y lo inevitable, lo que nunca se paró a pensar, pero siempre supo que llegaría, estallará contra su cara. Como un bofetón, su vida cambiará. Más bien su vida empezará.
Lo sabía. Lo sabía y cuanto más lo pensara sería peor. Cuanto más lo pensara más lo embriagaría el miedo. Cuanto más lo pensara más crecería ese torbellino de su interior que le mariposeaba el estómago. Lo sabía.
Al dar ese paso, tendría que dar el siguiente, era inevitable. Y así uno detrás de otro, hasta que la calle, la acera, terminara y tendría que dar la vuelta a la esquina. Pero de allí no sabía nada. Imaginaba que el color del asfalto, de la acera, serían los mismos. Pero no sabía más. Ni de eso estaba seguro. La pared se lo tapa. Ladrillo visto, sólo eso. Sólo rojo y macizo ladrillo visto.
Además sabía que al dar esa esquina, se encontraría sólo. Esos que detrás de él y a su lado caminaban, no lo acompañarían. No los vería más. No los vería, a no ser por los huecos que iría dejando el ladrillo pero que cada vez se harían más pequeños. Lo sabía.
Unos seguirían ese mismo camino por el que andaba. Otros girarían para un lado. Muy pocos, posiblemente ninguno. Las noticias vendrían pero poco dejaría de haberlas. Los contactos, algunos seguirían, pero las calles son largas y los muros gruesos.
Quería volver. Después de dar la esquina, acortar lo máximo esa nueva calle y volver. Pillar, si eso, un atajo y volver. Volver, después del tiempo. Volver, si eso, con el tiempo. El tiempo, el tiempo.
Pero qué sabía, de verdad sabía esa calle que veía pero no sabía más. Igual no habría atajos más allá. Por mucho que quisiera igual no podría volver. Se tendría que contentar con mirar por los huecos del ladrillo roto o ni eso. Igual los huecos ya no le atraerían. Qué sabía. No podía saberlo, no podía intentar vencer el tiempo. El tiempo. Ese tiempo que ahora pasaba y que su paso le hacía tener miedo. Ese miedo, esa intriga. El tiempo que le quitaba la calma. El tiempo que, aunque, dudara, lo haría avanzar, siempre hacia delante. Como los cerdos, siempre hacia delante, girando, callando, variando, pero siempre hacia delante, nunca marcha atrás, nunca sobre sus pasos.